El amor es un tema bastante recurrente en el género de la poesía, sin embargo, no siempre se trata de la misma forma, pues este sentimiento puede verse desde diferentes puntos de vista. En esta ocasión vamos a verlo desde la angustia por la ausencia y desde la adoración hacia el amor en sí o hacia el ser amado.
Comencemos analizando el siguiente fragmento de «En una ausencia», escrito por Blanco White.
¿Dónde estás que no te encuentro,
dulce amor del alma mía?
¡Maldición eterna el día
que arrancó mi bien de mí!
¿Dónde están aquellas horas
que el amor me dio en tus brazos?
¿Quién rompió los tiernos brazos
con que unido estuve a ti?
Con solo comenzar a leer podemos saber que el amor está expresado con forma de una gran angustia por la pérdida del ser amado. Este sufrimiento se expresa en forma de preguntas retoricas que muestran la añoranza del yo poético hacia los momentos de felicidad que el amor le brindaba. Leyendo eso podemos suponer que no quiere sentir amor, pues este tan solo le trae penas, sin embargo, al ver las últimas líneas del poema, esa idea desaparece de nuestra cabeza:
Ellos ¡míseros! me envidian,
que no saben qué es ternura;
yo más quiero esta amargura
que el placer que el oro da.
El yo poético prefiere sentir esa angustia a tener cualquier otro bien material, esto podría ser un indicio de adoración hacia el mismo amor, que por mucho que le haga sufrir, no quiere que desaparezca de su vida.
Después de ver este fragmento, vamos a leer otro en el que se trata el amor desde un punto de vista completamente diferente y que pertenece al poema de Nicolás Fernandez de Moratín «A los ojos de Dorisa»:
Piedad, hermosas
lumbres divinas,
de quien amante
os solemniza.
Y si a mi verso
la suerte amiga
da, que en el mundo
durable exista,
aplauso eterno
haré que os siga,
y en otros siglos
daréis envidia.
El sentimiento de adoración hacia el ser amado puede palparse en todo el poema, sin embargo, he decidido seleccionar este fragmento por la forma que tiene el autor de divinizar los ojos de los que habla, llegando al punto de considerar que estos, al igual que la poesía, son capaces pasar a través de los siglos y provocar la misma impresión que al yo poético le causan en el momento.
Estos puntos de vista no tienen por qué estar separados, la adoración y la angustia por la ausencia pueden aparecer en un mismo poema. Como ejemplo podemos utilizar un fragmento de «Un amante al partir su amada», de Nicasio Álvarez Cienfuegos.
¡Corazones de mármol! ¿a mi ruego
todos ensordecéis? En vano, en vano
cual relámpago el coche se adelanta;
en pos, en pos mi infatigable planta
cual relámpago irá, que amor la guía.
Laura, te seguiré de noche y día
sin que hondos ríos ni fragosos montes
me puedan aterrar: tú vas delante.
Asoma, Laura; que tu vista amante
caiga otra vez sobre mis tristes ojos.
Durante todo el poema esta mezcla de sentimientos puede palparse, sin embargo, bajo mi punto de vista este fragmento es el que más los sintetiza. El yo poético sufre una enorme angustia ante la marcha de Laura, su amada, sin embargo, eso no quita la gran adoración que siente hacia ella, que le lleva a ser capaz de seguirla a pesar de su ausencia.
Si aún cabe duda de que en la poesía cabe la mezcla de angustia y adoración, dichas dudas quedan disipadas mediante estos versos del mismo poema en el que la amada es considerada como una mujer diferente al resto, ¿por qué?, simplemente porque ella es Laura, el objeto del amor del yo poético.
¡Ah! ninguna mujer ha merecido
un suspiro amoroso, ni un cuidado.
Tan prontas al querer como al olvido,
fáciles, caprichosas, inconstantes,
su amor es vanidad. A cien amantes
quieren atar en su cadena a un tiempo,
y ríen de sus triunfos, y se aclaman,
y a nadie amaron porque a todos aman.
¿Y mi Laura también?... No, no lo creo.

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